Martínez de la Rosa, que me tenía por un hombre peligroso, tomó precauciones para impedir que me escapara. A mi ingreso en la cárcel fueron destituídos el alcaide, un llavero y otros carceleros considerados como liberales y que pertenecían a la Milicia Urbana, y reemplazados por ex voluntarios realistas. El poeta granadino no era torpe, y comprendió que nada mejor para guardar a un conspirador liberal que unos carceleros absolutistas.
A poco de entrar en la cárcel se comenzó mi proceso en el juzgado del teniente corregidor don Pedro Balsera.
Martínez de la Rosa eligió para juez de la causa a un tal Regio, absolutista exaltado, y le previno que estaba entendiendo en un proceso de alta traición; y de fiscal nombró a don Laureano de Jado, antiguo afrancesado del tiempo del rey José, después protegido de Calomarde y, por último, amigo de Rosita la pastelera.
Don Laureano era un lechugino muy peripuesto. Se hallaba indignado contra mí porque entre los papeles que me cogió la policía había dos circulares, en una de las cuales decía que el Estatuto Real estaba formado por una amalgama de afrancesados, anilleros y desertores del carlismo, y en la otra recomendaba la prisión y el destierro en bloque del gran Consistorio de abates renegados formado por Hermosilla, Lista, Miñano y sus amigos, que se entendían con Luis Felipe para impedir toda tentativa liberal en España.
A don Laureano, que había formado parte de la Comisión Militar de Madrid en tiempo del terror de Calomarde y Chaperón, le parecía mucha severidad la nuestra con la Junta de abates afrancesados, que siempre, vanagloriándose de su cultura, tenían que influír a favor de la rutina y del absolutismo.
Para escribano de la causa eligieron a don Juan José García, ex sargento realista, que pasados unos años figuró como secretario de la Junta facciosa de Morella.
Así, un liberal como yo, preso por un Gobierno liberal, estaba vigilado por furibundos absolutistas.
Al entrar en la cárcel se dijo que yo me había comido la lista de los comprometidos en la Isabelina, cosa absurda, porque una lista de dos mil nombres no se la come uno por buen estómago que tenga. Me batí con el juez y con el fiscal y les mareé con declaraciones contradictorias. Hice como el calamar, que enturbia el agua para escaparse.
Tan pronto aparecía la Isabelina como una sociedad secreta, de la que formaban parte la infanta Luisa Carlota, el infante don Francisco, Palafox y el conde de Parcent, como era un proyecto que no había pasado de utopía acariciada en mi imaginación.