Entre otras cosas le dije al juez que tenía guardados documentos importantísimos, y que si moría en la cárcel estos documentos se publicarían inmediatamente en París después de mi muerte.
La amenaza dió grandes resultados.
El juez me decía:
—Pruebe usted sus asertos, presente usted esos documentos.
—No presentaré documento alguno si no me dejan libre.
—¿Qué miedo puede usted tener?
—Miedo de que me quiten los documentos para poderme aplastar impunemente.
Le dije también al juez, en confianza, que el infante don Francisco y su mujer pretendían la expulsión de María Cristina y de sus hijas para quedarse ellos con la Regencia de España. Que después pensaban elevar al trono al infante don Francisco, y que se habían acuñado monedas con esta leyenda: «Francisco I, rey por la gracia de Dios y de la Constitución».
—¿Estos proyectos no se los habrán contado a usted los mismos infantes?—me dijo el juez con sorna.
—Sí.