—¿Es que ha hablado usted con ellos?
—Sí, señor.
—¡Bah!
—¡No lo crea usted! El ex ministro don Javier de Burgos y el inspector de policía Luna me encontraron en la antecámara de Palacio la primera vez que fuí a ver a los infantes, llamado por ellos. Pregúnteles usted a Burgos y a Luna: lo podrá usted comprobar.
El juez no sabía a qué carta quedarse. Yo le daba mezcladas la mentira y la verdad, y él no sabía separarlas. Indignado el hombre, en uno de sus escritos me llamó malvado y miserable, y dijo públicamente que yo acusaba al infante don Francisco y a Palafox.
Estas declaraciones mías, que se conocieron en Palacio, me valieron el odio de la infanta Luisa Carlota y de su marido, y luego la amistad de María Cristina, porque llegaron las dos hermanas a odiarse de tal modo, que los amigos de una eran sólo por esto enemigos de la otra.
El general Palafox se debió ver en un apuro; afirmó que no tenía relación alguna con la Isabelina y que no me conocía a mí, aunque por otra parte me creía persona de honor e incapaz de una impostura. Dijo que el plan revolucionario mío era una fantasía, y aseguró que el capitán Civat era un agente carlista que me había engañado a mí, sin decir que el primer engañado había sido él.
El mismo día Palafox envió a su sobrino a casa de mi hermana con el encargo de decirla que él pondría en juego sus altas influencias para sacarme lo más pronto posible de la cárcel.
A Palafox se le ordenó que quedara arrestado en un cuartel, y luego, con la benevolencia que se tiene siempre con los poderosos, se le dejó detenido en su propia casa, en comunicación con su familia y sus amigos.
Después, cuando se supo que yo no acusaba a nadie, sino que afirmaba que el único conspirador de la Isabelina era yo, y que, por lo tanto, no había conspiración, los que tenían miedo de aparecer complicados se tranquilizaron. El conde de las Navas, en las Cortes, interpeló al Gobierno por la prisión de Palafox; y Martínez de la Rosa contestó dando a entender que lo sabía todo.