¡Qué moralidad se había despertado en un tahur como Castelo!

—Pero eso es lo de menos—añadió; y contó ciertos asesinatos misteriosos que había ordenado Cristina y hecho ejecutar por Chico y su gente, y de varios envenenamientos realizados por aquella nueva Lucrecia Borgia. Castelo citaba nombres, fechas, circunstancias.

Lo daba todo esto como indiscutible. Yo me eché a temblar. Cuanto más odio hubiese por María Cristina, más peligrosa era mi situación. La verdad es que luego he oído hablar en serio de envenenamientos hechos por gentes de Palacio, entre ellos el de la segunda mujer del infante don Francisco.

—Pero, ¿usted cree que todo eso es verdad?—le pregunté a Castelo.

---¡Si es! Es el Evangelio.

—¡Demonio!

—Sí, sí, es usted cristino—dijo Castelo—; lo va usted a pasar mal. Ahora va de veras; no debía usted salir a la calle, le pueden dar algún disgusto.

—Por eso venía a verle a usted, que tiene influencia—le dije.

—¿Qué quiere usted que yo haga?