—Mi casa está cerca de la plaza del Progreso; y aquello es un ir y venir de gente que se han constituído en amos, hacen lo que les da la gana y han formado una lista de sospechosos.
—¿Dónde vive usted?
—En la calle de San Pedro Mártir.
—¿Hacia dónde está eso?
—Hacia Lavapiés.
—¡Toma, yo le creía a usted rico! De poco le ha servido su amistad con Cristina.
—Tengo mi sueldo de intendente, y de él vivo.
—Bueno, yo le diré a los patriotas de Barrios Bajos, y sobre todo a Pucheta, que no se metan con usted. Ahora, váyase usted, váyase cuanto antes. Aquí no hace usted mas que comprometerme.
Castelo, a medida que iba ingiriendo alcohol, iba saliendo de su abatimiento sombrío y excitándose cada vez más.
Me levanté, tomé mi sombrero y, haciendo de tripas corazón, saludé lo más amablemente que pude a Paca Dávalos y a Castelo. Había dado un paso en falso.