Al salir del cuarto de lectura a la sala de billar, Castelo gritó de pronto:
—¡Oiga usted, oiga usted, señor cristino! Tengo entendido que en la tertulia del general Lersundi se ha hablado mal de mí. ¿Usted debe saber quién fué, porque usted iba a esa tertulia?
—Yo, no; yo no he oído hablar de usted.
—¿Usted no le conoce a Macías?
—A un Macías le conocí en Méjico; pero desde entonces no le he vuelto a ver.
—Y a Luna, al inspector de policía Luna, ¿le conoce usted?
—A ese le conocí porque fué el que me prendió hace veinte años y me llevó a la Cárcel de Corte; pero luego no he tenido noticias de él, ni sé si vive.
—Pues sí vive, y yo lo he de encontrar para ajustar unas cuentas antiguas. ¿Y a Chico, no le conoce usted tampoco?
—No, no le conozco. Cuando él comenzó a intervenir en la política, yo me había retirado.