—¡Si este buen señor debe ser más viejo que Matusalén!—dijo la Dávalos.

—Pues yo me he de vengar—exclamó Castelo—; tengo que averiguar quién le dió malos informes de mí a Lersundi y después a Ordóñez. Algún amigo de Chico ha sido. Bueno; a Chico yo le tengo que ahorcar con estas manos, sí, con estas manos; y a Luna, si lo encuentro, lo moleré a garrotazos.

—Bueno, Mauricio, cálmate—dijo Paca.

—No me quiero calmar: Sí, a Chico se le harán pagar sus crímenes, y será pronto..., muy pronto..., quizá antes de veinticuatro horas.

A esto añadió Castelo gritos y blasfemias, accionando con violencia y dando puñetazos en la mesa.

—Bueno. ¡Adiós!—dije yo.

—¡Adiós!

—Celebraré que no le rompan a usted un hueso—exclamó Paca Dávalos, con su risa dolorosa, de enferma.

Castelo se echó a reír como un insensato, y debió tener algún propósito agresivo contra mí, porque intentó levantarse y seguirme; pero el asistente le detuvo. Yo bajé corriendo las escaleras y salí a la calle.