III.
UNA NOCHE DE INSOMNIO

La enemistad de una sola chinche menuda que se arrastre por nuestra cama es más de temer que la cólera de cien elefantes.

Heine: Atta Troll.

Tomé por la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol, a mezclarme a los grupos de revoltosos y de vagos que andaban por allá.

—Aviraneta—me dije a mí mismo—, has hecho una tontería en visitar a Castelo. Has llamado la atención sobre ti. No tienes un rincón donde poner tus huesos en seguridad y estás en peligro de que te rompan uno, como decía Paca Dávalos hace un momento.

Y me froté las manos, como si estuviera muy satisfecho con mi suerte.

Aquella tarde, el centro de Madrid estaba en perpetua ebullición. No me decidí a ir a mi barrio, porque temía que me conocieran, y me fuí a un café de la calle Ancha. Me hice bastante amigo del mozo, le conté una historia falsa y me recomendó una casa de huéspedes de la calle de Silva.

Fuí a ella: la patrona tenía mal semblante, y a las pocas palabras que cambié con ella comprendí que estaba recelosa y dispuesta a avisar a la policía.

Hacía una noche de calor sofocante. Me metí en el cuarto que me alquilaron y no pude dormir. Había chinches en la alcoba. Una procesión de estos insectos salía de un ángulo del techo e iba avanzando, y cuando llegaban encima de mi cama se dejaban caer uno a uno con una precisión matemática.