—Por la mañana, al alba, me levanté y me vestí. Mi instinto me hacía creer que no estaba muy seguro en aquella casa.

Me asomé al balcón y me senté en una silla. A eso de las cuatro vi que mi patrona salía a la calle, y poco después volvía con un hombre.

—Maniobra sospechosa—me dije.

Abrí la puerta de mi cuarto y avancé por el pasillo de la casa, todavía obscuro. La patrona y el hombre hablaban de mí. Habían dejado la puerta abierta.

Inmediatamente me puse el sombrero y bajé las escaleras con rapidez, con las botas en la mano. En el portal me las puse; salí a la calle, entré por el callejón del Perro y me metí en un portal abierto e iluminado de la calle de la Justa. Era un burdel. Había una vieja harapienta, con un aire de lechuza, y dos muchachas feas, vestidas con colores chillones. Una de ellas tenía una cara ancha, brutal, una cara de rodaballo, con unos ojos saltones y la nariz chata. Las dos estaban muy pintadas.

La vieja conoció, por mi actitud, que venía huyendo, y no se le ocurrió explotarme. Me senté en un banco y charlamos. La vieja me habló del Destino con un fatalismo tan estoico que me asombró.

—Cada cual su sino—decía a cada paso.

Convidé a las mujeres a tomar café con leche, y después de estar unas tres o cuatro horas allí, por la calle de la Flor salí a la de San Bernardo.

Subí a la plazuela de Santo Domingo, y en un café que hacía esquina, cerca de una barricada, entré y encargué un almuerzo.

—Tardará un poco—me dijo el mozo—; todavía es temprano, y con estos jaleos no viene nadie.