XIII.
LA PARTIDA
A las dos semanas de encierro, Aracil se sentía aplanado por la soledad y el silencio.
—Creo que debíamos marcharnos ya—dijo Aracil a su hija, después de pensarlo varios días—. Isidro no puede vivir en paz teniéndonos a nosotros aquí.
—¿Por qué?
—Porque ya es molestar demasiado.
—No; es algo más que molestar. Pero a Isidro no le importa. Por él podemos estar aquí un año si queremos.
Y era verdad. El guarda tenía una abnegación extraordinaria. El devolver el beneficio al doctor Aracil, que le había curado su hija, le producía tal júbilo, que rebosaba de contento.
A pesar de esto, Aracil quería marcharse; se sentía abatido, achicado de encontrarse solo, y necesitaba verse entre gente, en un sitio donde poder hablar y lucirse.
María era partidaria de pasar allí todavía un par de meses y luego marcharse en el tren, sin tomar precaución alguna; pero Aracil confesó que no podía más, que estar metido en aquel rincón le era insoportable.