—Bueno, pues nos iremos—dijo María.

Decidieron la marcha. Lo más prudente era que Aracil fuese solo, aprovechando trenes de ferias, y que esperase a María en la frontera; pero el doctor aseguró que temía la soledad, pues era capaz de hacer cualquier tontería. Yendo juntos era una locura tomar el tren, estando todavía tan reciente el atentado y las órdenes dadas a la policía. Lo mejor era ir a caballo. De acuerdo padre e hija en este punto, discutieron por dónde intentarían salir de España. Aracil creía lo más sencillo encaminarse directamente a Francia. María encontraba mejor marchar a Portugal.

—En primer término, el viaje es más corto—dijo ella—; luego, la que hay que cruzar es tierra más despoblada y seguramente camino menos vigilado.

María había oído hablar de este viaje varias veces a su primo Venancio. Consultaron con Isidro, y éste fué partidario de la marcha por Portugal.

—Nada; pues vamos por Portugal—dijo el doctor.

Se comenzaron a hacer los preparativos; Isidro compró dos caballejos baratos y los dejó en una cuadra de un amigo suyo de las Ventas de Alcorcón. Trajo ropas de campesino usadas; para Aracil una especie de marsellés, faja y pantalones de pana, y un refajo y una chaqueta para María.

María cosió unos cuantos billetes de Banco, el capital con que contaban, en el forro de la americana de su padre después de haberlos envuelto en un trozo de hule, y se quedaron con unos duros y unas pesetas sueltas para el camino.

El señor Isidro enseñó a Aracil, en un borrico que tenía, la manera de echarle las albardillas y ponerle la cincha y el ataharre. Luego compró el guarda una manta y una alforja, en donde metió unas cuantas libras de chocolate, un queso, una bota y pan, por si algunos días no encontraban comida en el camino. María le mandó comprar una tetera, un bote de té y una maquinilla de alcohol.

El señor Isidro se agenció un plano de España, y, por último, le dió al doctor su cédula y sus papeles.

—Usted se llama como yo, Isidro García; es usted guarda de la Casa de Campo y va usted con su hija a San Martín de Valdeiglesias. Desde San Martín dicen ustedes que han ido hasta allá en tren, y que van a la Vera de Plasencia.