Hicieron una lista de los pueblos por los que tenían que cruzar, y ya decididos, fijo el día de salida y dispuesto todo, a media noche se presentó el señor Isidro, les hizo salir de su encierro, y los tres, cargados con una porción de cosas, y por entre las matas, cruzaron gran parte de la Casa de Campo hasta un lugar frontero a la aldea de Aravaca.
Al llegar a este punto, Isidro cogió una escalera de mano y la apoyó en la tapia. Subió, miró a derecha e izquierda, y dijo:
—¡Hala! Vengan ustedes.
Subieron María y Aracil. La tapia, por el otro lado, apenas levantaba un metro del suelo; así que de un brinco quedaron fuera.
—Ahora sigan ustedes bordeando esta tapia—dijo el señor Isidro—; yo voy a adelantarme para traerles a ustedes los caballos.
El guarda desapareció en un instante; Aracil y María continuaron solos. La noche estaba negra; en el suelo, mojado por la lluvia, se hundían los pies. No se cruzaron con nadie. Clareaba ya el alba cuando llegaron a las Ventas de Alcorcón.
En la carretera les esperaba el guarda, teniendo de la brida a los dos caballos.
—¡Ea, vamos allá!—dijo el señor Isidro. La yegua de usted, don Enrique, se llama Montesina, y el jaco de la señorita, Galán. Hábleles usted, porque estos animales obedecen muchas veces mejor a la palabra que al palo.
Prometió hacerlo así Aracil. El guarda ayudó a montar a padre e hija, dió una varita a cada uno de ellos, les estrechó la mano afectuosamente, y les dijo: