—¡Vaya, filando! Adiós, y buena suerte.
XIV.
SE ALEJAN DE MADRID
El doctor y María comenzaron a marchar por la carretera hacia el Campamento de Carabanchel. Iba haciéndose de día. Madrid se destacaba sobre un fondo rojo de llamas; salía el sol por encima de la ciudad, y a poniente el cielo azul obscuro se velaba con nieblas blancas.
Se cruzaron Aracil y María con gran número de traperos, en sus carros, y lecheros que trotaban en pequeños caballejos peludos camino de Madrid.
No habían hecho mas que pasar del campamento, cuando la yegua de Aracil, comprendiendo, sin duda, la falta de condiciones ecuestres del jinete, se paró, sin querer andar más.
—¡Vamos, Montesina! ¡Vamos!—le dijo el doctor varias veces:
Todos los razonamientos suaves y persuasivos fueron inútiles. Era la yegua endiablada y terca, y parecía clavada en tierra; el doctor bajó del caballo, para hacerle andar tirándole del ronzal, pero no consiguió nada. Así estuvieron cerca de una hora, cuando un chiquillo que venía caballero en un rocín, encaramado entre cántaros de leche, se paró y dijo:
—¿Qué, no quiere andar?