—No.

El chico bajó de su caballo y le dijo al doctor:

—Suba usted, ya verá usted cómo anda.

Aracil subió; el muchacho cogió la vara con las dos manos y le arrimó un estacazo a la yegua, que le hizo tomar por aquella carretera un trote cochinero. Aracil se agarró a la albardilla, y estuvo a punto de caerse, pero consiguió guardar el equilibrio.

El pobre animal, con el recuerdo del garrotazo, ya no volvió a pararse. Llegaron al mediodía a Alcorcón, y, como no querían preguntar nada a la gente, por no infundir sospechas, tomaron, por inspiración de Aracil, el camino de Móstoles, en vez del de Villaviciosa.

Ya llegaban al pueblo del célebre alcalde que declaró la guerra a Napoleón, cuando encontraron un mendigo desharrapado, de barba negra y mirada huraña.

—¿Es este pueblo Villaviciosa, buen hombre?—preguntó Aracil.

—No. Éste es Móstoles. Para coger el camino de Villaviciosa tienen ustedes que volver a Alcorcón y tomar la carretera de la izquierda, que parte de enfrente de unos alfares.

Volvieron grupas hasta encontrar el camino, y por la tarde pasaron por delante de Villaviciosa. Comieron pan y chocolate, y, como estaban molidos y cansados por la falta de sueño de la noche anterior y por la falta de costumbre de montar, subieron, con los caballos de las riendas, a un bosquecillo de robles e hicieron allí alto. Aracil ató las caballerías a un árbol y después fué a buscar agua con una botella a un riachuelo que corría en el fondo de un barranco. Mientrastanto, María encendió una hermosa hoguera con ramas secas; y, cuando vino su padre, los dos se tendieron cerca del fuego, envueltos en la manta. Por la mañana se despertaron, ateridos de frío; María revolvió las cenizas de la hoguera y encendió un poco de lumbre. Calentó agua e hizo té, y estaban tomándolo cuando vieron, con gran susto, saliendo de entre la espesura, un hombre embozado en un tapabocas, con una escopeta en la mano.

—¿Qué hay?—le preguntó Aracil temblando.