—¿Qué hacen ustedes aquí?
—Vamos a San Martín, y hemos descansado un rato.
—¿Son ustedes de Madrid?
—Sí. Yo soy guarda de la Casa de Campo.
—¡Ah! ¡Demonio! Tiene usted buen carguito.
—¡Psch!
—¡Ya lo creo!
—Y ¿por qué venía usted con tantas precauciones?—preguntó el doctor.
—Es que cuando he visto fuego, he pensado si serían ustedes húngaros. Y cuando veo esa gente voy preparado. Por si acaso. Porque a mí no me engaña ningún chato.