—Pues de chatos no tenemos nada, compadre—dijo Aracil, más tranquilo.
—Ya lo veo. Qué, ¿me quiere usted comprar una liebre, compañero?—preguntó el guarda.
—Según como sea.
—Ahí la tengo, en una casa de aquí cerca.
El guarda de Villaviciosa bajó los dos caballos a la carretera, luego ayudó a montar a María, y, hablándola de tú, le dedicó algunas galanterías montaraces.
Anduvieron un cuarto de hora los tres juntos hasta llegar a una casucha, en donde el guarda entró, y salió luego con una liebre en la mano.
—¿Cuánto es?—dijo Aracil.
—Dos pesetas.
—Es cara.
—¡Como ustedes la tienen de balde! En fin, se la daré a usted por seis reales.