Pagó Aracil.

—¿Pasarán ustedes pronto por aquí?—preguntó el guarda.

—Dentro de tres o cuatro días.

—Pues, adiós. ¡Adiós, chica!

—¡Adiós, tú!—dijo, con desenfado, María. Luego le preguntó a su padre—: ¿Por qué le has dicho que la liebre es cara, si es baratísima?

—Para que no sospeche que uno no es aldeano—contestó Aracil irónicamente—. Cuanto más roñoso, más carácter tiene uno de campesino.

—Sí, es verdad.

Pasaron varios automóviles por la carretera, levantando nubes de polvo y dejando una peste de petróleo.

—Esta es la riqueza española—murmuró el doctor—; no sirve mas que para ensuciarnos y dejar mal olor en el camino.

Al mediodía, Aracil y su hija se acercaron a Brunete: lo perdieron pronto de vista y siguieron adelante, hasta detenerse en un ventorro, llamado de Los dos Caminos, levantado en un alto y en el cruce de dos carreteras.