Era la venta una casuca baja, de tejado terrero, colocada en un lugar solitario y triste. Aracil lo diputó seguro y tranquilo para ellos. Con el ensayo de la noche anterior, le pareció muy peligroso quedarse en el campo. Llamó a la ventera, le dió la liebre, encargándole que la guisara, y pidió paja y cebada para las caballerías.
Se calentaron padre e hija al amor de la lumbre, y ya confortados salieron al raso de la venta y se sentaron en un banco de piedra. El campo era allí desolado y yermo. El anochecer fué muy triste. Algún carromato pasó despacio, dando barquinazos por la carretera. El aire estaba frío, y silbaba el viento con violencia por aquellos descampados.
Ya de noche, llegó el ventorrillero seguido de su perro, y se sentó a la lumbre; la mujer sacó la liebre, guisada con arroz, en una cazuela, y Aracil y María comieron con gran apetito. Los chicos del ventorro les miraban comer con cara de golosina, y apiadada María de ellos, les dejó una buena ración, que devoraron con verdadera ansia.
Estaba María calentando agua para el te, cuando se presentaron dos guardas de uniforme. Eran de la finca de un ricacho de Brunete, y se daban tono de autoridades; llevaba cada uno su escopeta y su canana llena de cartuchos. Tomaron los guardas unas copas, charlaron un rato, y se fueron.
—Todos estos son unos matones—dijo el ventero, señalándolos.
—Sí, ¿eh?
—El que no es algo peor.
—¿Son mala gente esos guardas?
—Muy mala.