—El ventero cerró la puerta de la casa y luego estuvo contando a Aracil escenas de la guerra carlista, en la que había tomado parte como soldado. María dormitaba, y el ventero, comprendiendo el cansancio de sus huéspedes, tomó el farol y les acompañó al pajar.
El viento gemía en el silencio de la noche.
Se quitaron padre e hija las botas, metieron los pies entre la paja, se tendieron a lo largo, cubiertos con la manta, y quedaron dormidos.
XV.
SAN JUAN DE LOS PASTORES
A la mañana siguiente, cuando salieron del ventorro de Los dos Caminos, amanecía. El cielo, bajo y gris, se disolvía en una lluvia fina y tenue. A la hora de salir de la venta, la llovizna se convirtió en chaparrón, y Aracil y María se guarecieron debajo de un puente echado sobre un arroyo.
Al acercarse a la orilla a cobijarse bajo el puente se encontraron con dos hombres de aspecto vagabundo, que descansaban sentados en la arena.
Les saludó Aracil, contestaron ellos con indiferencia al saludo, y, reunidos, esperaron a que escampara la lluvia. En esto aparecieron en la orilla del río los dos guardas que habían estado la noche anterior en el ventorro de Los dos Caminos, y uno de ellos, dirigiéndose a los vagabundos, les dijo:
—¡Hala! Fuera de aquí.