—Las orillas de los ríos no tienen dueño—murmuró el viejo, con acento irritado.
—Pues esto es de mi amo—replicó el guarda—, y haga usted el favor de marcharse de aquí.
—Así se trata a la gente honrada—exclamó el viejo con tono enfático—. Así va España. Pues sepa usted que yo, a pesar de venir a recogerme debajo del puente, soy un hombre conocido, sí, señor, y hasta ilustre...; soy Musiú Roberto del Castillo.
—¿Y a mí qué me cuenta usted?—dijo el guarda, con una grosería bestial—. Basta de conversación, y fuera de aquí.
—Bueno; ahuecando—dijo el pequeño.
Los dos vagabundos se levantaron; el uno tomó su zurrón y el otro un fardel de lienzo en la mano, y salieron de debajo del puente y echaron a andar en medio de la lluvia.
—¿No se puede estar aquí?—preguntó Aracil con voz agria.
—Sí, ustedes pueden quedarse.
Aracil no quería deber ningún favor a aquella gente grosera y despótica, y cuando el chaparrón amenguó un poco, sacó los caballos de la orilla del arroyo, ayudó a montar a María y se pusieron los dos en camino.