—¡Qué canallas!—exclamó Aracil—. ¡Qué ganas tiene todo el mundo de ser déspota! ¿Eh?
—Sí. Es una cosa antipática.
—Si yo fuera como esa gente pobre, todos los días tiraría una tapia y mataría un guarda. Al cabo de diez años de este sistema la tierra sería de todos.
—Aracil empezaba a sentirse bravucón. Hablando de estas cosas iban al paso, cuando notaron que comenzaba a variar y a elevarse el suelo. Entraban en terreno más agrio y riscoso. A un lado y a otro se veían enormes peñascos de granito, algunos colocados sobre otros, como grandes dólmenes. Iba tomando el campo aire de sierra. En la dirección de Madrid se veía una inmensa planicie; había salido el sol entre nubes y refulgía su luz en los campos verdes, y se destacaban las hondonadas en sombra, como pinceladas obscuras.
Estaban contemplando la vasta llanura cuando por una senda llegaron a la carretera los dos vagabundos del puente. El viejo vestía un levitón largo, una gorra y una bufanda, lo que le daba un aspecto extravagante para andar por el campo; el otro, bajito, afeitado, con una barba de diez o doce días, llevaba una chaqueta raída, un pantalón azul de mecánico, un gorro redondo, que antes debió de pertenecer a un soldado de caballería, alpargatas blancas y un fardelillo en la mano.
—Qué brutos han estado esos guardas con ustedes—dijo Aracil—; no tenían derecho a echar a nadie de allí.
—Aquí no importa nada tener derecho o no—dijo vivamente el viejo, con acento extraño.
—¿Van ustedes lejos?—preguntó Aracil.
—A la feria de La Adrada—contestó el pequeño—. Este señor es francés, y va luego a Portugal a embarcarse para América.
—|Ah! Es francés.