—¿Hay por aquí algún convento?—preguntó el doctor.
—Sí, hombre, el de Yuste.
—Pues ya está la leyenda. Oigan ustedes—dijo Aracil.
Y tomando un tono insinuante y persuasivo de orador sagrado, comenzó así:
—En el monasterio de Yuste, que está enclavado en la sierra de Gredos, había, hace muchos años, un fraile llamado Melitón, que era un gran pecador y un saco de picardías. Fray Melitón no se contentaba con comer bien, con dormir bien y beber mejor, que ésta es la obligación de todo fraile, sino que le gustaba salir del convento y cortejar a las mozas. Además de esto, Melitón era malintencionado, se burlaba de la gente, engañaba al prior, y en vez de ocupar sus ocios en leer, como sus compañeros, esos libros sublimes que se llaman El Catalejo Espiritual, El Sinapismo de las Virtudes Teologales, La Carabina de la Penitencia o La Tabaquera mística, para hacer estornudar las almas devotas hacia el Señor, se dedicaba a socarronerías y burlas. Una noche, en la infraoctava del Corpus, fray Melitón tenía una cita con una rica viuda, a la que había catequizado. Pensaba llevarle El Fusil del Devoto, que es la obra que más efecto causa en las viudas recalcitrantes. Melitón, después de rezar las oraciones, salió de su celda sin el permiso del prior, tomó una linterna y un paraguas, ¡el condenado tenía miedo a constiparse!, abrió la puerta del convento y salió al campo. Había mucho lodo en el camino, y Melitón pensaba que iba a llegar a casa de la viuda lleno de barro, lo cual no le gustaba. Se hallaba con esto preocupado, cuando vió cerca de él una burra parda, sin duda, escapada de algún caserío, que pacía por allí. Fray Melitón, pensando que el encuentro le venía de perillas, se acercó a la burra, saltó sobre ella y, arreándola, echó a andar hacia el pueblo, ¡hala que hala! El fraile iba distraído, pensando en la viudita, en los pasteles con que le obsequiaba y en un rico vino de moscatel, del que tenía grandes provisiones en la bodega, cuando, de repente, mira para abajo y empieza a ver que marchaba por el aire entre las nubes, y que ya casi no se veían los árboles. Fray Melitón se asustó, creyó que estaba ya mareado con el recuerdo del vino, pero vió que, en realidad, subía y subía cada vez más. El hombre, o mejor dicho, el fraile, horrorizado, convulso, comenzó a tirar del ronzal a la burra, pero ésta, como si no. «¡Para! ¡Para! ¡Para!», gritó varias veces, y la burra seguía adelante. «¡Para! ¡Para!», volvió a gritar el fraile, y la burra, sin hacerle caso, decía entre dientes: «Sí, sí; chilla, chilla. ¡Para lo que te ha de valer!» Melitón apretaba las nalgas contra la burra, a ver si con el esfuerzo empezaba a bajar el fantástico animal, y llamaba a todos sus amigos, y chillaba y gritaba agitando su linterna, y la burra, que bramaba e iba echando fuego por todo el cuerpo, decía: «Sí, sí; chilla, chilla. ¡Para lo que te ha de valer!» Entonces fray Melitón comprendió que estaba perdido y que era un gran pecador; sintió un profundo dolor de contricción, tiró la linterna y comenzó a llorar y a encomendarse a la Virgen. En esto sintió que la burra parda se deshinchaba por momentos y que iba echando un olor de azufre insufrible. Melitón, entonces, por inspiración divina, temiendo estrellarse en el suelo, abrió su paraguas, que le sirvió de paracaídas, y fué bajando lentamente hasta este cerrillo. Al encontrarse en el suelo se arrodilló, dió gracias al cielo, y acordándose de lo que decía la burra cuando le llevaba en el aire, levantó aquí el santuario de Nuestra Señora de Chilla.
—Muy bien—dijo don Álvaro riendo—. Es una explicación muy chusca, aunque un poco irreverente.
—¿Cree usted?...
—Sí, hombre.
—Pero la religión de nuestros mayores abunda en cosas chuscas.
—No digo que no.