Conoció Gray al doctor Iturrioz, y en vez de creer, como los demás, que era un chiflado, se convenció de que era un hombre de talento.

—Usted y yo tenemos que buscar a Aracil—dijo el inglés.

—¿Y si lo encontráramos...?—preguntó Iturrioz.

—Si lo encontráramos... le ayudaríamos a escapar.

—Conformes.

Se pusieron los dos en movimiento y recorrieron todos los rincones de Madrid. Iturrioz creía que su amigo no había salido de la capital.

Cuando llegaron los telegramas de París afirmando haber visto al doctor allí, Gray dudó; siguió con sus informaciones, y, por último, después de ver lo infructuoso de sus pesquisas, creyó que había que abandonar las pistas seguidas y tomar otras nuevas.

Se veían Iturrioz y Gray en el café Suizo y se comunicaban sus impresiones. Una noche, Iturrioz dijo:

—He visto a Venancio Arce, un ingeniero pariente de Aracil. Sabe algo; tiene indicios de lo que ha podido hacer el doctor. Vamos a verle esta noche.

Fueron a visitar al ingeniero y hablaron con él.