—Yo estoy dispuesto a emplear el dinero que se necesite para salvarles—dijo Gray—; de manera que puede usted no tener escrúpulos en decirnos lo que sepa; si han escapado, mejor para ellos; si no, les ayudaremos a escapar.

—Yo, como saber, no sé gran cosa—replicó Venancio—. No tengo mas que indicios, suposiciones...

—Hable usted—le dijo Iturrioz.

—Yo creo que Aracil y María han estado en Madrid hasta hace diez o doce días, escondidos no sé en dónde.

—Creo lo mismo—dijo Iturrioz.

—El quedarse en Madrid después del atentado—aseguró Venancio—, aunque Aracil no haya tenido parte alguna en eso, era lo más prudente. Ellos supieron por la noche que se habían dado órdenes para prenderlos; lo natural es que hayan evitado tomar el tren.

—¿De manera que usted no cree que estuvieran en París cuando se dió esta noticia?—preguntó Gray.

—Yo no.

—Ni yo tampoco—añadió Iturrioz.