—Hay muchas razones para suponerlo así—siguió diciendo Venancio—. Se sabe que Aracil se afeitó en el hospital; está probado.

—Sí; es verdad—afirmó Gray.

—A pesar de esto, los dos periodistas de París que dijeron haberle visto, lo describieron como un hombre de barba negra. En la interviú que celebraron con Aracil en París, el doctor no sabía aún que Brull hubiera sido encontrado muerto. Sin embargo, la noticia se conocía allá veinticuatro horas antes, y Aracil no se había enterado. Además, le hacen decir un día después del encuentro del anarquista que ignoraba el paradero de Brull.

—Es absurdo todo esto—dijo Gray.

—No. Eso demuestra—exclamó Iturrioz—que Aracil no estaba en París, y que sus amigos llevaron a cabo esta maniobra para despistar a la policía.

—Esa es también mi opinión—añadió Venancio.

—Entonces, ¿usted qué cree?—dijo Gray—. ¿Dónde estarán? ¿En Madrid aún?

—Yo me figuro—contestó el ingeniero—que Aracil envió a algún amigo suyo de París una nota para que fingiese una entrevista con él, y que cuando la noticia surtió efecto y todo el mundo quedó convencido de que se habían escapado, entonces ellos se prepararon a la fuga.

—Y ¿cree usted que habrán tomado el tren?—preguntó Gray.