—Si han salido un día o dos después de publicada la noticia de su paso por París, deben estar cerca de la frontera portuguesa.
—¿Quiere usted venir con el doctor Iturrioz y conmigo en su busca? Tomaremos un automóvil, y, si los encontramos, los pondremos en salvo.
—Es que, probablemente, el camino que hayan seguido ellos no será la carretera.
—No importa; nos enteraremos. Conque, ¿usted viene? Saldremos dentro de unas horas. Iturrioz y yo vendremos a buscarle a las cinco. Esté usted preparado.
Se despidieron, y, por la mañana, Tom Gray y el doctor Iturrioz se presentaron en un magnífico automóvil a la puerta de casa de Venancio. Montaron los tres; Gray hacía de chauffeur; salieron de Madrid y, en un instante, llegaron a Maqueda; preguntaron aquí, siguieron hasta Oropesa y, no encontrando ningún dato, volvieron a Navalcarnero. Luego dejaron la carretera principal y llegaron a Brunete.
Venancio creía que el doctor y su hija habrían tomado esta ruta. Como era poco frecuentada, en las ventas podían recordar el paso de los fugitivos, y, efectivamente, en el primer sitio donde preguntaron, en el ventorro de Los Dos Caminos, la mujer dió las señas de Aracil y de su hija, y dijo que hacía ya una semana o más que se habían albergado en su casa. Durante todo el camino, desde Brunete hasta San Martín de Valdeiglesias, encontraron el rastro de Aracil y de su hija, y en el ventorro de San Juan de los Pastores, las señas dadas por la ventera fueron tan claras, que no dudaron Venancio, Iturrioz, ni el inglés, de que se trataba del doctor y de María. Por qué aseguraba la mujer de la venta que los fugitivos eran un guarda y su hija, no se lo pudieron explicar satisfactoriamente.
En San Martín se perdía la pista; habían pasado bastantes aldeanos a la feria de la Adrada, y no se recordaba haber visto a los viajeros. Además, acababa la carretera y no era posible seguir en automóvil.
Se discutió la manera de continuar el viaje, y Venancio, después de consultar el plano, dijo:
—Lo mejor es que uno compre un buen caballo y vaya recorriendo por el monte el camino, en línea recta, hacia Portugal; el automóvil, por su parte, puede explorar la carretera entre Navalmoral, Plasencia y Coria.
Se dispuso hacerlo así. Iturrioz, que era un buen jinete, compró un caballo en San Martín de Valdeiglesias, apuntó los pueblos que tenía que recorrer, y por la tarde se puso en marcha. Se acordó que escribiera todas sus investigaciones y las enviara diariamente a Tom Gray, a Navalmoral.