—¿Alguno de ustedes sabe tocar el piano?—preguntó el cura a María.

—No... Nosotros, ¿cómo quiere usted que sepamos eso?

—¡Bah! ¡No se haga usted la tonta!... Usted sabe tocar el piano.

—No, no.

—¡Déjese usted de historias!

María se turbó y miró a su padre, confusa. Aracil hizo un gesto y se mordió los labios.

—Aunque sea un poco brusco—dijo el cura—, no soy de los que hacen daño a nadie. Y si algo he adivinado, me lo callo. Conque, ande usted, toque usted el órgano mientras yo digo misa.

—Vamos a llamar la atención de un modo horrible—dijo Aracil—, y no nos conviene.

—¿Por qué llamar la atención?