—¡Una mujer que toca el órgano!
—Pues se hace una cosa. En el coro no entran mas que el santero, su hija y usted; la gente, que crea que usted es el que ha tocado. El santero no dirá nada si yo se lo mando.
No hubo manera de negarse, y María se puso de acuerdo con el cura para saber lo que había de tocar. El santero le iría indicando cuándo y cómo debía hacerlo, y Aracil daría al fuelle.
Comenzó a sonar la campana, y poco después fueron entrando en la ermita toda la gente de los contornos que habían estado en la fiesta de la noche anterior. Comenzó la misa. Aracil se agarró al fuelle del órgano. María se sentó delante del teclado y siguió las instrucciones del santero, que le decía: «Ahora, bajo; ahora, alto; ahora, fuerte».
De esta manera tocó lo que recordaba: trozos de ópera y sonatas de Beethoven y de Mozart.
Cuando concluyó la misa, el cura les invitó a comer. Habían preparado un yantar excelente; pero María y Aracil dijeron que tenían prisa, montaron a caballo, y tras ellos fué don Álvaro.
—¡Qué bien ha tocado usted!—le dijo a María, con verdadera efusión.
—¡Si no he sido yo! ¡Ha sido mi padre!
—Sí, eso ha pensado la gente; pero como yo soy curioso, he subido las escaleras del coro y he visto a su papá que se dedicaba a inflar el fuelle mientras usted tocaba.