María se echó a reír.
—Debe usted tener una idea rara de nosotros—dijo.
—Tanto, que no me chocaría nada que al llegar al pueblo inmediato salieran a recibirle a usted llamándole duquesa, princesa o reina.
—Pues no tenga usted cuidado, no saldrán.
—¡Qué sé yo!
Bajaron por entre matorrales espesos de espinos y de retamas, de grandes y perfumadas jaras, húmedas de rocío. Se respiraba entre estas breñas un aroma de incienso; anduvieron desorientados durante largo rato; pero siguiendo siempre la garganta de Chilla, en cuyo fondo corría un arroyo, y preguntando después en varios molinos de pimentón, llegaron a Madrigal de la Vera.
Comieron allí los tres, en una cocina grande y negra, de enorme chimenea, en la que colgaban ristras de chorizos y de jamones. Por la tarde tomaron el camino y, arreando las caballerías, pasaron por Valverde de la Vera, luego por otro pueblo, en el cual dijo don Álvaro no convenía pararse, por ser muy miserable, y al anochecer se fueron acercando a Losar.
Don Álvaro contó a María la historia, o leyenda, de una mujer salteadora, que en épocas pasadas había andado por aquellos montes robando a los viajeros, llamada la Serrana de la Vera, y comenzó a recitar un antiguo romance, que decía así:
Allá en Garganta la Olla,