XXV.
LA MUERTE DEL CABALLO

Al día siguiente, al salir, muy de mañana, del pueblo, notaron que el caballo de María no podía andar. Marchaba con grandes esfuerzos, como haciendo reverencias, y jadeaba, y al querer avanzar, aligerando el paso, producía un ruido como una caldera que hierve.

María suplicó a su padre y a don Álvaro que no marchasen de prisa, porque su caballo no podía seguirles. Desmontó María, y Aracil y don Álvaro reconocieron el jaco.

—¿Dónde han comprado ustedes este vejestorio?—dijo don Álvaro—. ¡Demonio, qué penco!

El caballo se paró, y Aracil, María y don Álvaro le contemplaron en silencio. Era verdaderamente lamentable el aspecto del pobre Galán: tenía una figura triste y lastimosa; le temblaban las piernas; sus grandes ojos, redondos y apagados, miraban con vaguedad angustiosa. Abría la boca para respirar, anhelante; resoplaba y tosía y enseñaba unos dientes grandes y amarillos.

Aracil, después de contemplarle, dijo:

—Este caballo se muere en seguida.

Le quitaron la montura, para dejarle más libre, y no quisieron abandonarlo; les parecía una crueldad. Aquellos ojos empañados y dulces parecían guardar como un deseo afectuoso e incierto.