Las piernas del caballo fueron quedándose rígidas; luego comenzó a temblar, se le dobló un brazuelo, después el otro, se inclinó para adelante, vaciló y se tendió de lado, con un suspiro. Las patas se movieron convulsivamente, el animal comenzó a resoplar y se le nublaron los ojos. Estuvo un momento inmóvil, como descansando, esperando el último golpe; irguió el cuello, largo y estrecho, se agitó de nuevo..., y un hilillo de sangre salió de la nariz a correr por el suelo.
—¡Pobre Galán!—murmuró María, secándose, disimuladamente, una lágrima.
—¿Le ha impresionado a usted?—preguntó don Álvaro.
—Sí; los caballos me dan mucha pena. ¡Los tratan tan mal!
En esto, un buitre comenzó a dar vueltas en el aire, muy arriba, tanto, que parecía volar a la altura de los picachos de la sierra.
—Ya ha visto ése la presa—dijo don Álvaro.
—Ese es independiente de veras—añadió Aracil.
María montó a la grupa en la yegua de su padre, y se alejaron de allí.
Se acercaron a Jarandilla; don Álvaro tenía por precisión que quedarse, y trató de convencer al doctor y a María de que se detuviesen, y especificó las curiosidades del pueblo.
—No, no puede ser; tenemos mucha prisa—dijo Aracil.