—Es que podían ustedes descansar en mi casa—añadió don Álvaro—. Allí nadie iría a buscarles.

—¡Gracias! ¡Muchas gracias!—dijeron padre e hija. Pero no es posible.

—Quisiera, entonces, que me prometiera usted una cosa—dijo don Álvaro a María.

—¿Qué?

—Que cuando llegue usted, adonde sea, me escriba usted una carta, diciendo: hemos llegado.

—Muy bien; lo haré.

—Pero firmada con su nombre y su apellido.

—Sí; no hay inconveniente.

—Entonces, ya que esto lo concede usted con facilidad, como recuerdo del viaje que hemos hecho juntos, envíeme usted su retrato.

—Bueno.