—¿De veras?
—Sí. Yo también quiero que no hable usted de nosotros a nadie, ni a su familia, hasta que no reciba mi carta.
—Descuide usted, no hablaré mas que conmigo mismo.
—Entonces, despidámonos antes de entrar en el pueblo. Que no nos vean juntos, porque le harían preguntas a usted.
Se despidieron afectuosamente, y padre e hija, atravesando el pueblo, tomaron el camino de Cuacos.
XXVI.
EL «MUSIÚ»
Poco después se encontraron con una partida de más de veinte arrieros, que llevaban en mulos sacos cargados de pimentón. Iban todos los arrieros muy majos, y llevaban sus cabalgaduras colleras cuajadas de cascabeles.
Los mulos eran fuertes y ágiles, y pronto dejaron atrás a la yegua montada por el doctor y su hija. Al llegar a una parte del camino en cuesta y revestido de piedras, la yegua de Aracil aminoró su marcha; en cambio, los mulos de los arrieros subieron la pendiente con un gran ímpetu.