Era un espectáculo animado y bonito el ver aquella cabalgata tan lucida y tan brillante cómo subía la vieja calzada. Los mulos, briosos, limpios, enjaezados, parecían excitarse con el ruido de los cascabeles, y pisaban rápidamente y con fuerza. La piedra sonaba, herida por el hierro de las herraduras, con un ruido de campana, y las chispas saltaban por debajo de las pezuñas de las caballerías.

Aracil y su hija marchaban despacio; comieron algo que llevaban en la alforja; por la tarde, en el camino, vieron a un hombre que corría escapado, y una hora antes de llegar a Cuacos se toparon al viejo Musiú Roberto del Castillo, jinete en un caballo peludo. Las largas piernas del Musiú llegaban con los pies hasta el suelo, y los pantalones recogidos dejaban ver sus escuálidas canillas. Musiú Roberto del Castillo saludó con finura al doctor y a su hija.

—¿No me conocen ustedes?—preguntó.

—No—contestó Aracil.

—Este señor—dijo María—es el que iba con un hombre bajito, y lo encontramos por primera vez cerca de un puente, al salir de Brunete.

—El mismo, señorita—afirmó el Musiú.

—El inventor de los elixires. Sí, lo recuerdo—exclamó el doctor—; pero antes iba usted a pie.

—Sí—murmuró el Musiú—; he encontrado este caballo en el campo, y me lo he apropiado.

—¡Demonio, qué procedimiento!