—No todo el mundo puede ser rico como ustedes.
—Y ¿de dónde sabe usted que somos ricos?—preguntó el doctor.
—Yo me lo sé; sé, además, que es usted médico y que va usted huyendo.
—¡Bah!
—¡Ya lo creo! Y como yo necesito algún dinero, si no aflojan ustedes la mosca, les denuncio.
—Y nosotros le denunciamos a usted como ladrón de caballos—saltó María.
—¡Bah! Entre un vagabundo como yo y unos señores como ustedes hay mucha diferencia. A mí me encerrarán unos meses; a ustedes, ¡qué sé yo lo que habrán hecho!; probablemente algo muy gordo cuando huyen así.
—Y ¿qué irá usted ganando con denunciarnos?—preguntó Aracil.
El Musiú se encogió de hombros. Siguieron marchando los tres por la carretera.