—Bueno, bueno. Vengan. Y, al llegar al pueblo, cada uno por su lado.

—Una pregunta—dijo Aracil—; ¿por qué dice usted que soy médico y rico?

—Porque ha reconocido usted a un enfermo en el camino, digo que es usted médico; porque le ha dado usted dinero, digo que es usted rico; porque no se ha querido usted parar un momento allí, creo que va usted fugado.

Aracil no replicó. Las consecuencias no podían ser más lógicas. Llegaron a Cuacos y salió a recibirles una pareja de la Guardia civil, que les mandó detenerse. Se había escapado un preso que llevaban conducido, y los guardias pensaban que Aracil y su hija debían de haberlo encontrado en el camino. Dijeron éstos las personas con quienes se cruzaron en la marcha, y uno de los guardias les pidió los documentos. Los enseñaron.

—¿Ustedes se van a quedar aquí?—preguntó el guardia, sin leer los papeles.

—Es probable—dijo Aracil.

—Bueno; pues mañana vendrán ustedes con nosotros a Jaraíz a prestar declaración.

Al mismo tiempo que al doctor, habían detenido al Musiú, y éste temblaba y miraba su caballo y su morral con espanto.

Uno de los guardias llamó a un joven con tipo de chulo, y le dijo, señalando al doctor y a su hija:

—Oye, Lesmes, acompaña a estos señores a la posada.