Luego los dos guardias, poniendo en medio al Musiú, se fueron con él.
—¿Adónde llevan a ése?—preguntó Aracil a Lesmes.
—¿Adónde lo van a llevar?... A la cárcel.
El joven les condujo hasta la posada. Metieron la yegua en la cuadra y entraron en una gran cocina negra.
El dueño de la posada era un viejo de cara juanetuda, con el pelo blanco. Lesmes, que resultó ser el alguacil, le dijo que hospedase al doctor y a María.
—Pero, ¿es gente sospechosa?—preguntó el posadero.
—No, hombre, no; tienen sus papeles, y los han enseñado a la Guardia civil.
—Entonces, ¿por qué vienen contigo?
—Porque mañana tienen que ir a Jaraíz a declarar.
—Bueno, bueno.