—Y si usted no quiere tenerlos, los llevaré a la otra posada.

—No, no; que se queden.

—Pero, ¿qué anda usted con tanto melindre, señor Benito?—dijo un pimentonero joven y rechoncho—. Si aquí, empezando por usted, el que más y el que menos es licenciado de presidio.

—¡Cállate tú, animal!—exclamó el viejo—. A mi casa no vienen mas que personas decentes.

Se rió el arriero, y una moza preparó un cuarto para Aracil y su hija.


XXVII.
FUGA DE NOCHE

A la luz pabilosa de una vela de sebo se veía un cuarto sucio y negro, en donde andaban perdidos, sin poder encontrarse, un arcón, una mesa travesera de aspa y dos camas con colchas rojas. En el techo se veían las vigas alabeadas, pintadas de azul. En la pared, encalada y llena de desconchaduras, colgaba un espejo pequeño, deslustrado y negruzco, y varias estampas religiosas.

María y Aracil discutieron lo que debían hacer. Tenían encima dos peligros: uno la declaración en Jaraíz, en donde podían trabucarse e incurrir en contradicciones y hundirse y hundir también a Isidro el guarda; el otro peligro era la delación del Musiú, que viéndose cogido podía denunciarles.