Decidieron, en vista de las posibilidades que había de echarlo todo a perder, huír de noche en busca de la estación más próxima, que era Casatejada. Allí tomaría Aracil el tren de Portugal, y para no ir juntos y no infundir sospechas, María esperaría en el pueblo y saldría al día siguiente.
—La cuestión es que no nos vigilen—dijo María—. Convídale a Lesmes, el alguacil, que debe estar abajo.
Fué el doctor a la cocina, habló con los arrieros y con el hombrecillo que les había traído a la posada, dijo que se iba a quedar unos días en Jaraíz, contó unos cuantos chascarrillos y se hizo amigo de todos.
María, mientrastanto, se enteró bien de cómo se abría la puerta de la casa; había una cadena de un lado a otro, y el postigo tenía un cerrojo pequeño, que chirriaba. Después subió al cuarto que les habían destinado y exploró los alrededores. Cerca corría un pasillo con una ventana, que caía sobre un callejón formado por dos tapias de piedras toscas.
A un lado del corredor, en un desván, se guardaban azadones, rastrillos, bieldos y espuertas hechas de tomiza.
Este desván estaba cerrado por una puerta carcomida, que se sujetaba con un gancho.
Cenaron en la cocina; hablaron con animación y alegría, para no infundir sospechas.
Después de la cena, Aracil y María subieron a su cuarto, que estaba próximo a la escalera, y dejaron la puerta abierta. Observaron, desde arriba, hacia dónde ponían los arrieros las enjalmas de las mulas, que les servían de camas, y vieron que todos las colocaban hacia la parte de adentro, lo más lejos de la puerta. El camino estaba, pues, libre.
Las dos grandes dificultades consistían en bajar la escalera y en abrir la puerta sin ruido, sin que se despertara nadie. Sacar la yegua de la cuadra era tarea imposible, y se decidieron a dejarla.
Estuvieron en el cuarto una hora o más a obscuras, hasta que no se oyó en la casa el menor ruido. María se quitó los zapatos y Aracil las botas.