—Vamos.
Salieron a la escalera. Esta era tan vieja, que crujía al más leve paso. Padre e hija fueron bajando las escaleras de puntillas, deteniéndose a veces, alarmados. El estallido de las tablas les hacía quedar inmóviles, con el corazón palpitante. Llegaron al portal. María escuchó un momento la respiración de los arrieros, y avanzó con sigilo hacia la puerta. Luego tiró del cerrojo, que chirrió fuertemente.
—¿Quién anda ahí?—dijo uno de los arrieros.
María cogió de la mano a su padre y le hizo echarse atrás.
—¿Pasa algo?—volvió a preguntar el arriero.
María y Aracil quedaron un momento inmóviles; luego fueron retrocediendo poco a poco y volvieron a subir las escaleras. Era difícil salir por la puerta sin que lo notara nadie. María le habló a su padre de la ventana del pasillo.
—Vamos a verla.
Fueron sin hacer ruido; la ventana tendría una altura de cinco a seis metros sobre el callejón. Aracil se quitó la faja. Llegaba hasta cerca del suelo, pero no había dónde sujetarla; las maderas eran débiles y carcomidas.
—¿Cómo podríamos sujetar esto?—murmuró Aracil.