María entró en el desván donde se guardaban útiles de labranza, y vino con el palo de un azadón.
—¿Si lo pusiéramos así, atravesado en la ventana? ¿Eh?
—Sí; podría servir.
El palo era bastante más largo que la anchura de la ventana; la cuestión era que no se escurriese. Ataron la faja al centro del astil y vieron que se sujetaba muy bien.
—Vamos allá. Baja tú primero—dijo Aracil—; yo tendré cuidado con que no se escurra el palo.
María sacó el cuerpo fuera de la ventana y se agarró a la faja; Aracil fué sosteniéndola desde arriba, y la muchacha llegó al suelo sin hacerse daño.
El doctor iba a descolgarse, pero pensó que, al soltar la faja, el palo del azadón, bastante pesado, caería en el interior del pasillo y produciría un gran ruido.
—¿Qué pasa?—dijo María.
—Espera un momento.
Aracil sacó su pañuelo, lo rompió en dos tiras y ató con ellas el palo del azadón en los pernios de las ventanas.