—Pero, ¿qué hay? ¿Por qué no bajas?
—Espera. Hazme el favor.
Cuando concluyó de sujetar el palo se echó fuera de la ventana y se descolgó sin dificultad.
Siguiendo el callejón, entre dos tapias de piedra, salieron a la calle.
La luna brillaba en el cielo y asomaba su faz blanca por encima de un tejado; su luz dividía la calle en una zona obscura y otra muy clara; en ésta se veían las fachadas torcidas, ruinosas, con balcones viejos y derrengados, y se pintaban en ellas sombras negras y dentelladas de los aleros grandes y de los saledizos. Las piedras del suelo se dibujaban con fuerza. Arrimándose a las paredes, Aracil y María avanzaron por la zona de sombra, cortada a trechos por la luz que entraba por los callejones.
Una mujer abrió un balcón y echó una palangana de agua. Después vieron a un sereno envuelto en la capa, con el chuzo, cuyo acero brillaba a la luz de la luna, que cantó la hora melancólicamente.
Salieron de la aldea; a ratos rompían el silencio de la noche los aullidos tristes de los perros. Al pasar por delante de una casa aislada, les salió al encuentro un perrazo, que lanzaba un ladrido estruendoso. Aracil sacó el revólver y lo amartilló. El perro siguió ladrando y amagando morder, hasta que abandonó la partida, gruñendo.
El camino para Jaraíz estaba bien indicado; el encontrar después el de Casatejada sería, indudablemente, más difícil. A la hora u hora y media de salir de Cuacos, llegaron a Jaraíz. No entraron en el pueblo; pasaron por delante de una fragua iluminada.
—Espérame un momento—dijo Aracil—, preguntaré aquí.