Quedó sola María en el camino, y al poco rato volvió el doctor.

—Vamos bien—dijo.

Siguieron el camino. La claridad tenue de la luna iluminaba el campo yermo, desnudo y seco; un mastín, a lo lejos, atronaba el aire con sus ladridos. Padre e hija comenzaban a rendirse; se sentaban a veces en los riberos a descansar.

Era más de media noche cuando llegaron delante de un arenal, surcado por un río caudaloso. Brillaba sobre la arena, como si fuera de azogue; la claridad indecisa de la luna rielaba en sus aguas, y salía de él un murmullo misterioso y confuso.

Anduvieron los fugitivos por la orilla a ver si encontraban algún puente o alguna barca, pero no hallaron ni una cosa ni otra. ¿Qué hacer? El río, siniestro, ancho, silencioso, parecía una gran serpiente dormida en la arena. El verlo tan brillante les espantaba; el detenerse allí les podía perder.

—Este río es el Tiétar, y debe ser poco profundo—dijo Aracil—; el que por aquí venga el camino y no haya puente demuestra que esto es un vado.

—Vamos a verlo.

Se descalzaron los dos y fueron entrando en el río. Al principio no había apenas fondo, pero a los ocho o diez metros comenzaba a subir el agua muchísimo.

—Hay que volver—dijo Aracil.