—Y ¿qué haremos?
Era muy difícil contestar a esta pregunta. El río llevaba bastante corriente; perdiendo el pie y no sabiendo nadar, podía suceder una desgracia.
—Esperemos a ver si aclara un poco—murmuró Aracil, desalentado.
Se tendieron a la orilla del río. Estaban los dos rendidos, febriles, mudos. En esto se oyó a lo lejos el galopar de un caballo.
—Viene alguien—exclamó el doctor, sobresaltado—. ¿Será la Guardia civil? Entonces, estamos perdidos.
Al entrar el jinete en el arenal del ancho cauce del río, dejó de oírse el ruido de las herraduras del caballo; pero, en cambio, se fué haciendo cada vez más próximo el choque de los arneses y de las correas en el silencio de la noche.
No era la Guardia civil, sino un hombre solo, que venía en un caballo blanco. El hombre no debía conocer el camino, porque quedó desconcertado al encontrarse delante del río, sin puente para pasar; miró más arriba y más abajo de la orilla, y se decidió a meterse en el agua.
—¡Eh, buen hombre!—le dijo Aracil.
—¿Qué hay? ¿Quién me llama?