—¿Podría usted pasarnos en el caballo?

—No puede ser; tengo prisa.

—Se le pagaría lo que fuera.

—No quiero perder tiempo.

El hombre se dispuso a atravesar el río a caballo, y como para darse ánimos, cantó:

¡Arriba, caballo moro!

Sácame de este arenal,

que me vienen persiguiendo

los de la Guardia imperial.

—¡Vaya, salga lo que saliere!—dijo Aracil—. Agárrate a mí, María. ¡Fuerte!