El doctor se cogió con las dos manos a la cola del caballo, y María, a la cintura de su padre. Avanzaron en el río. El agua fué subiendo, subiendo; les llegó al cuello; el doctor y su hija sintieron el espanto de la muerte próxima; luego el agua comenzó a bajar, el caballo dió una sacudida y se desasió de las manos del doctor, y éste y María se encontraron dentro del río, con agua hasta media pierna. Fácilmente ganaron la orilla opuesta. El hombre del caballo picó espuelas y se alejó de allí al trote.
Aracil y María salieron con las ropas chorreando agua y temblando por la humedad y el frío. María tiritaba estremecida, y su padre, asustado, sin pensar ya en la huída, intentó encender fuego; casi todas las cerillas que llevaba estaban mojadas; algunas, sin embargo, servían, y pudieron hacer una hoguera y secarse un poco las ropas.
El alba comenzaba a apuntar en el horizonte, y el velo azafranado de la aurora se esparcía por la tierra cuando Aracil y María volvieron a comenzar la marcha. Al amanecer cruzaron la vía del tren. A la claridad gris de la mañana, en medio de campos de trigo, se veía un pueblo. Una estrella brillaba en el Oriente; comenzaban a cacarear los gallos.
Iban por el camino, muertos de cansancio, cuando de pronto oyeron gritar:
—¡Aracil! ¡María!
Se volvieron, sobrecogidos. Delante de ellos, a caballo, estaban Venancio y Gray.
—Vamos—dijo el inglés—; a montar.
Subió Aracil a la grupa del caballo de Gray, y a María la levantó Venancio hasta sentarla en el arzón delantero, y al trote llegaron a la carretera. Allí esperaba un automóvil rojo y un hombre. Encargó el inglés a éste que llevara los caballos al pueblo; en el coche montaron Venancio, Aracil y María. El inglés dió al manubrio para poner en movimiento el motor, luego subió a su asiento, soltó el freno, y el automóvil comenzó a marchar de una manera vertiginosa.
Explicó Venancio al doctor y a su hija que por la mañana habían sabido por un propio, enviado por Iturrioz, que estaban en Cuacos, y este propio, que era el Ninchi, les vió al pasar el Tiétar, aunque no les reconoció. Al decirles que se había encontrado en el camino y cerca del río con un hombre y una mujer, el inglés y él supusieron si serían ellos.