Aracil contó lo ocurrido en Cuacos, y pensando que quizá en aquella hora se habrían dado cuenta ya de su fuga, experimentó una gran angustia.
Comenzó a hacerse de día; la luna se ocultaba; algunas estrellas parpadeaban aún en el cielo; la sierra de Gredos comenzó a aparecer azul, entre nieblas blancas, como una muralla almenada; luego se derramó el sol por el campo, quedaron jirones de nubes sobre los picachos angulosos de la sierra, y poco después la montaña desapareció como por encanto...
El inglés conocía muy bien el camino que habían de seguir; bajaron hasta Trujillo, y seis horas más tarde entraban en Portugal.
XXVIII.
EN PORTUGAL
En el primer pueblo de la frontera portuguesa se detuvieron y pararon en una posada. María experimentaba un gran malestar y sentía los pies como si le estuvieran ardiendo.
—¿Qué tienes?—le dijo su padre.
—No sé.
Cuando intentó descalzarse, no pudo: tenía hinchado los pies; Aracil le cortó los zapatos; luego, para arrancarle las medias, hubo que hacerle mucho daño, y María aguantó el dolor sin quejarse.