—¡Qué valiente!—dijo Venancio, enternecido.
—¡Oh! Mucho, mucho—exclamó el inglés, lleno de asombro.
Tenía María los piececitos tumefactos, hinchados y llenos de sangre. El inglés llevaba unas pastillas de sublimado, que se disolvieron en agua, y Aracil lavó y vendó los pies de su hija. Al concluír de vendarle, el doctor, que estaba arrodillado, besó a María en la pierna, con gran efusión, llorando.
Ella tendió los brazos a su padre, y estuvieron los dos un momento abrazados.
No había tiempo que perder. Entre Aracil y Gray llevaron a María al coche, y Venancio se despidió de ellos.
—Yo tengo que volver a Madrid.
Aracil le dió los papeles de Isidro el guarda, encargándole que se los entregara lo más pronto posible, y María le dijo que le diera las gracias y le contara cómo habían pasado la frontera. Venancio abrazó a su sobrina y dió la mano al doctor y al inglés, que siguieron su camino, internándose en Portugal.
El inglés tenía un amigo y paisano, dueño de unas minas, en cuya casa se acogerían.
—Ahora tomaremos hacia Coimbra, adonde llegaremos al caer de la tarde, y por la noche estaremos ya donde vive mi amigo.
Al principio, la carretera marchaba entre grandes alcornoques, con la parte baja del tronco descortezada y rojiza; luego el paisaje se iba haciendo más suave y más verde. Cruzaron extensos pinares. En la base de los pinos, y debajo de sus heridas elípticas, se veían vasos de arcilla, que iban recogiendo la resina de color de cera. Pasaba todo a los lados del automóvil de una manera vertiginosa: casas, bosques, árboles, caminos.