Aracil iba como en un sueño; el cansancio y el aire le dejaban amodorrado; María sentía una gran pesadez en la cabeza, y temblaba, con escalofríos.

Pasaron al anochecer por Coimbra, y ya entrada la noche, llegaron a un pueblo muy pequeño, con una plaza grande con árboles. El automóvil se detuvo frente a una casa, con las ventanas iluminadas. Salió un mozo a la puerta, y el inglés le preguntó por su amigo.

—¿Está?

—Sí. Pero ahora tiene una comida.

—Bueno, que salga.

—Es que me ha dicho el señor...

—Nada, dile que salga.

El mozo volvió al poco rato con el dueño de la casa, un inglés de unos cuarenta años, joven, calvo y rojo, a quien Gray explicó lo que pasaba.

—Está bien. Está bien—dijo el minero. Abrió el automóvil y dió la mano al doctor para que bajara; luego, sin más ceremonia, tomó a María en brazos y se la entregó a Gray, que fué subiendo con ella las escaleras hasta una habitación del primer piso.