—Estos señores son unos parientes míos que se van a quedar aquí unos días—dijo el minero a la criada, chapurrando el portugués; luego, dirigiéndose al mozo, advirtió—: Acompaña a este señor a colocar el automóvil—. Ahora—añadió, inclinándose ante María—perdonen ustedes, porque tengo una comida con unos portugueses que quieren venderme unas minas.

Y el inglés se fué; María, Aracil y la criada se quedaron en un cuarto grande y destartalado. María, ayudada por la muchacha, se acostó en una cama dura y pequeña, y Aracil se tendió en un sillón.


XXIX.
DESCANSAN

Al día siguiente, Aracil notó que su hija tenía mucha fiebre. Las heridas de los pies no eran bastante causa para una elevación tan grande de temperatura. Al anochecer decreció la fiebre. Aracil supuso si sería ésta consecuencia del desgaste nervioso de los días anteriores; pero, a media noche, volvió de nuevo la calentura, y Aracil comprendió que había algo palúdico, y supuso que en la noche de la huída, al quedarse a descansar en la orilla del Tiétar, habría cogido la enfermedad.

Durante casi toda la noche María estuvo delirando. La obsesión, en su delirio, era el río.

—El río..., el río...—exclamaba—; ten cuidado..., nos vamos a ahogar...—y se erguía en la cama, temblorosa, con los ojos muy abiertos—. ¡Ah!, ya hemos pasado...

Y volvía siempre a la misma idea.

Aracil estaba muy inquieto con la enfermedad de su hija, y preguntó al minero si el médico del pueblo era hombre inteligente.